Casa Compartida Habitación Lila

Historia, sesgo y supervivencia de las mujeres con cáncer de mama

El origen del diagnóstico: Entre el silencio y la sentencia

Por: Andrea Molina Estrada

Desde los albores de la civilización, la mama femenina ha sido venerada como un símbolo sagrado de belleza, fertilidad y sustento. Sin embargo, cuando la enfermedad se manifestaba en ella, esa misma carga simbólica convertía al diagnóstico en un desafío oscuro para los primeros médicos.

Los registros más antiguos, como el Papiro Quirúrgico de Edwin Smith (aprox. 3000-2500 a.C.), ya identificaban casos de cáncer de mama, describiéndolos de forma descarnada como protuberancias frías al tacto que se extendían por todo el tejido. En aquel entonces, la medicina no ofrecía esperanza: la sentencia para estos casos era, simplemente, que no tenían cura.

Esta visión fatalista evolucionó en la Grecia clásica hacia una interpretación que hoy llamaríamos “emocional” y sistémica, pero cargada de sesgos. Hipócrates y, más tarde, Galeno, propusieron que el cáncer era el resultado de un desequilibrio en los humores del cuerpo, específicamente por la acumulación de bilis negra. Resulta revelador que estos médicos antiguos ya vincularan la aparición de tumores con el cese de la menstruación. Aunque hoy sabemos que esto se debe a la asociación del cáncer con la edad avanzada, en su momento reforzó la idea de que el cuerpo femenino, al dejar de cumplir con sus funciones reproductivas cíclicas, se volvía propenso a una “toxicidad” interna.

Durante milenios, el diagnóstico no fue una herramienta de prevención, sino el preámbulo de una dominación quirúrgica que priorizaba la extirpación radical sobre la integridad de la paciente. Antes de la llegada de la anestesia y la antisepsia en el siglo XIX, el diagnóstico de un tumor mamario implicaba someterse a procedimientos brutales donde la velocidad del cirujano era la única piedad posible.

Esta historia nos muestra que el cáncer de mama nació ante la medicina no solo como una patología biológica, sino como una enfermedad que desafiaba la estética y la identidad femenina, siendo tratada durante siglos más como un objeto de mutilación necesaria que como una dolencia en un sujeto con autonomía.

De la melancolía a la respuesta inmunológica: El peso del estrés crónico

Durante siglos, la medicina atribuyó el cáncer de mama a estados emocionales pasivos, como la melancolía… Sin embargo, la investigación contemporánea bajo la lente de la psiconeuroinmunología ha comenzado a demostrar que el vínculo entre la mente y el cuerpo no es una cuestión de “ánimo”, sino de complejos mecanismos biológicos. El estrés no es una simple sensación; es un mecanismo de adaptación que, al volverse crónico o intenso, debilita la capacidad del sistema inmune para defenderse de enfermedades neoplásicas como miomas, quistes, pólipos, etc.

Los estudios sugieren que la etiología del cáncer de mama no responde a una “tristeza” abstracta, sino a situaciones de tensión crónica y eventos estresantes severos, muchos de ellos vividos desde la infancia. Se ha documentado que experiencias como la pérdida temprana de los padres o el abandono pueden generar una vulnerabilidad biológica que se manifiesta décadas después.

No es el “sentimiento” lo que enferma, sino el impacto fisiológico de vivir en un estado de alerta constante, que altera el equilibrio neuroendocrino y disminuye la actividad de las células asesinas naturales, que son linfocitos que contribuyen al sistema inmune, que se encargan de detectar y destruir células tumorales.

Desde una perspectiva feminista, resalta especialmente el impacto de la represión emocional y de altos niveles de estrés. En una sociedad que a menudo impone a las mujeres el rol de cuidadoras y les exige mantener la armonía familiar, la supresión de sentimientos —tanto agradables como desagradables— se convierte en una estrategia de supervivencia social con un alto costo biológico. Esta represión, sumada a la falta de tiempo y la ausencia de redes de apoyo, genera una angustia y estrés negativo que facilita la progresión tumoral al suprimir los mecanismos de reparación del ADN. Así, el diagnóstico deja de ser un estigma sobre el carácter de la mujer para entenderse como la consecuencia de un entorno que sobresatura su capacidad de respuesta adaptativa.

La era de la mutilación sin consentimiento

A finales del siglo XIX, la medicina entró en una fase que el historiador Barron Lerner denominó “Las guerras del cáncer”, un periodo caracterizado por ver a la enfermedad como un invasor que debía ser neutralizado a cualquier costo. Bajo la premisa de que el éxito se medía exclusivamente por la erradicación física de la enfermedad, William Halsted diseñó la mastectomía radical. Este procedimiento no solo extirpaba la mama, sino también los músculos pectorales y los ganglios axilares, dejando a las mujeres con una caja torácica hundida y una movilidad limitada. 

Sin embargo, la ambición quirúrgica no se detuvo ahí. Impulsados por una visión científica que priorizaba la técnica sobre la humanidad de la paciente, algunos cirujanos extendieron esta agresividad hasta límites inverosímiles: levantaban costillas, abrían el esternón con cinceles e incluso llegaban a amputar el brazo del lado afectado o extirpar glándulas en todo el cuerpo.

Esta etapa representó la máxima expresión de un modelo médico androcéntrico y paternalista, donde la autonomía de la mujer era inexistente.

El cuerpo femenino era visto como un objeto que debía ser “limpiado” a cualquier costo estético o funcional. Las sobrevivientes no solo cargaron con el trauma de la enfermedad, sino con una mutilación difícil de ocultar que transformó su identidad física y social. En el caso de las cirugías del lado izquierdo, el corazón quedaba latiendo apenas protegido por una fina capa de piel; una metáfora brutal de la vulnerabilidad extrema a la que el sistema de salud sometía a las mujeres en nombre de una “cura” que ignoraba por completo su calidad de vida y el resto de su existencia.

Resulta paradójico que, mientras la ciencia intentó comprender la biología del tumor, la práctica clínica se deshumanizó: no se consideraba el impacto psicológico de la desfiguración ni se consultaba a las pacientes sobre el grado de intervención que estaban dispuestas a aceptar. El cirujano operaba bajo un mandato de autoridad absoluta, donde salvar la vida justificaba destruir la integridad del cuerpo, perpetuando la idea de que la feminidad y el bienestar emocional eran sacrificios necesarios y secundarios ante la victoria técnica de la medicina.

El surgimiento del activismo como rebelión que exigía cuidado

Frente a la frialdad de los quirófanos y el silencio impuesto por el paternalismo médico, en los años cincuenta comenzó a generarse una resistencia silenciosa, pero poderosa. Tras sobrevivir a una mastectomía radical y enfrentarse a la falta total de respuestas sobre su nueva realidad, Terese Lasser fundó en 1953 el programa Reach to Recovery.

Este movimiento marcó un acontecimiento sin precedentes en la autonomía de las pacientes. Fueron las propias sobrevivientes quienes, desafiando la resistencia de los médicos, entraron a los hospitales para ofrecer lo que la ciencia claramente ignoraba: el apoyo entre pares y la generación de comunidad.

Lasser entendió que la recuperación no terminaría con la cicatrización completa, sino que apenas iniciaría con la gestión de la identidad perdida, la rehabilitación física del brazo y la recuperación de la vida íntima.

Este apoyo de mujer a mujer no solo llenó un vacío asistencial, sino que politizó el cuidado. Al hablar abiertamente sobre el uso de prótesis y la sexualidad, las voluntarias de Reach to Recovery sacaron el cáncer de mama del terreno de lo innombrable y lo llevaron al de lo cotidiano.

Sería en la década de los setenta cuando esta conciencia colectiva estallaría bajo el impulso de la liberación feminista en Estados Unidos y Europa. La publicación del libro Nuestros cuerpos, nosotras mismas por el Colectivo de Mujeres de Boston en 1970, transformó radicalmente la relación de las mujeres con la medicina.

Ya no se trataba solo de sobrevivir, sino de reclamar la soberanía sobre el propio cuerpo y cuestionar la autoridad unilateral de un sistema diseñado por y para hombres.

El activismo de esta época denunció que la deshumanización médica era, en última instancia, una cuestión de poder. Las mujeres empezaron a exigir información clara, alternativas a la mutilación radical y el derecho a participar en las decisiones sobre sus tratamientos.

Este cambio de paradigma sembró las semillas de la oncología integral moderna, demostrando que la salud femenina no puede entenderse sin considerar las estructuras sociales que moldean la experiencia de enfermar. La rebelión de las pacientes fue, en esencia, la demanda de ser tratadas como personas completas, con deseos, derechos y miedos, y no solo como casos clínicos en una lista de cirugía.

La brecha de género en la investigación clínica

A pesar de que los movimientos de los años setenta lograron humanizar el trato a las pacientes, la estructura profunda de la ciencia médica mantuvo una deuda pendiente: la representatividad de los cuerpos femeninos en los datos.

Durante gran parte del siglo XX, las mujeres fueron sistemáticamente excluidas de los ensayos clínicos de fase I y II. Esta decisión se amparó en un “proteccionismo paternalista” que, tras la tragedia de la talidomida entre los años cincuenta y sesenta; fue recetado originalmente como sedante y alivio de las náuseas matutinas durante el embarazo, sin embargo, provocó graves malformaciones congénitas en miles de recién nacidos en todo el mundo. En un intento por evitar riesgos reproductivos similares, la FDA (Food and Drug Administration) emitió en 1977 una política que prohibía la participación de mujeres en edad fértil en investigaciones de fármacos.

El resultado fue paradójico: para proteger a las mujeres, se las dejó en una mayor vulnerabilidad al recetarles medicamentos cuya seguridad y eficacia solo habían sido probadas en hombres.

Esta exclusión se ha justificado históricamente bajo la idea de que los ciclos hormonales femeninos introducen un ruido que complica el análisis de los datos. Al tratar el cuerpo del hombre adulto joven como el estándar universal, la investigación ignoró que existen diferencias críticas en la farmacocinética y la farmacodinamia entre sexos.

En el ámbito de la oncología, este sesgo implica que las dosis recomendadas para tratamientos quimioterapéuticos a menudo no consideran el metabolismo femenino, lo que explica por qué las mujeres reportan significativamente más reacciones adversas que los hombres. No se trata solo de una falta de inclusión, sino de una omisión científica que perpetúa la idea de que la fisiología femenina es una variante complicada del modelo masculino.

Incluso en la investigación básica, el sesgo históricamente comenzó en las placas de Petri y en los modelos animales, donde tradicionalmente se han preferido células y ratones macho para evitar la variabilidad hormonal. Si el diseño mismo de los fármacos o de los sistemas de liberación controlada no contempla desde su origen la variable del sexo, corremos el riesgo de seguir construyendo una medicina de precisión que solo podría ser efectiva para la mitad de la población.

En la actualidad, en el desarrollo de nuevos tratamientos de origen biotecnológico y nanotecnológico, las pruebas preclínicas ya se han reportado en hembras de especies roedoras y no roedoras, así como en células con sobreexpresión de receptores específicos del cáncer de mama. Sin embargo, la brecha de datos ha constituido una barrera para la justicia social en salud porque lo que no se mide no se atiende, y lo que no se investiga con un enfoque diferencial por sexo, simplemente se ignora.

Entre el lazo rosa y el descuido sistémico

En México, el cáncer de mama es la primera causa de muerte en mujeres, pero la estadística esconde una realidad profundamente marcada por el género, dado que, la mayoría de los casos se diagnostican en etapas avanzadas.

A diferencia de lo que dictan las campañas globales centradas en la autoexploración, en nuestro contexto local, el diagnóstico temprano se enfrenta a lo que se podría interpretar como “falta de tiempo”. A las mujeres mexicanas desde pequeñas se nos ha enseñado a dedicarnos al trabajo del hogar casi el triple de horas que a los hombres, además de encargarnos de los demás cuidados no remunerados. Este rol de “cuidadora universal” genera que la salud propia sea sistemáticamente postergada en favor del bienestar de hijos, padres o parejas, convirtiendo la prevención en un lujo inaccesible.

Esta carga social se traduce en lo que la psiconeuroinmunología identifica como distrés negativo y tensión crónica. En México, la represión de emociones, la angustia y los altos niveles de estrés —caracterizados por la necesidad de armonía y la supresión de sentimientos para no generar incomodidades a la familia, son factores que debilitan el sistema inmune y aumentan la susceptibilidad a la progresión tumoral. No es coincidencia que el riesgo de muerte por cáncer de mama sea mayor en mujeres que han enfrentado eventos estresantes severos, como maltratos e infidelidades, pérdidas familiares, precariedad económica o falta de redes de apoyo sólidas. 

En este sentido, la enfermedad en México es la manifestación física de un descuido sistémico. Una estructura que permite el desgaste crónico de la salud de las mujeres mientras las mantiene invisibles en las estadísticas de prevención. 

Finalmente, la brecha de género en el sistema de salud local se manifiesta en el acceso fragmentado. Mientras el discurso institucional se pinta de rosa cada octubre, las mujeres en la economía informal o en zonas rurales enfrentan barreras que van desde el pudor cultural ante la exploración médica hasta la falta de personal especializado y equipo en sus comunidades.

Superar el cáncer de mama en México requiere más que tecnología de punta; exige una política pública que reconozca que quien cuida también necesita ser cuidada. Solo al reconocer y visibilizar el sesgo de género podremos pasar de una oncología que solo extirpa tumores a una que restaure la autonomía y la vida de las mujeres en toda su complejidad social.

Andrea Molina Estrada

Es doctora en Nanociencias y Materiales y actualmente investigadora posdoctoral en la Facultad de Química de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es miembro del Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (Nivel I). Su labor científica se centra en el diseño y validación de nanomateriales para sistemas de liberación dirigida de fármacos, con un proyecto orientado a la optimización terapéutica del cáncer de mama. 



Fuentes:
Lakhtakia, R. (2014). A brief history of breast cancer: Part I: Surgical domination reinvented. Sultan Qaboos University Medical Journal14(2), e166.
Espino-Polanco, A. C., & García-Cardona, M. (2018). Cáncer de mama y su relación con el manejo de las emociones y el estrés. Revista de Enfermería del Instituto Mexicano del Seguro Social26(2), 145-155.
Zucker, I., & Prendergast, B. J. (2020). Sex differences in pharmacokinetics predict adverse drug reactions in women. Biology of sex differences11(1), 32.
Masià, J., Merchán-Galvis, Á., Salas, K., Requeijo, C., Cánovas, E., Quintana, M. J., & Bonfill, X. (2019). Socio-economic impact on women diagnosed and treated for breast cancer: a cross-sectional study. Clinical and Translational Oncology, 21(12), 1736-1745.

Esto también podría interesarte

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *